"Perdóname. Me pudo el desánimo"

10 noviembre 2006
He escuchado hasta la extenuación esa expresión que reza: "Hoy es el primer día del resto de mi vida". Todas y cada una de las veces que la he escuchado he pensado en zonas secretas de mi conciencia que sólo se trataba de una expresión vacía de contenido y sustancia, no en vano siempre la he visto sucedida de renuncias a esos principios de renovación y apuesta por el futuro que implica. Es una versión más de esa otra, en mi opinión, falacia que se acoge en las conocidas como Propuestas para el Año Nuevo, en una traducción libre.

Es por ello que, al plantearme este como el primer día del resto de mi vida, no puedo evitar estar abrumado por un escepticismo que raya en la desesperación por la tendencia al desastre que están mostrando mis más cercanos momentos. Intento ser optimista, lo juro. Pero la verdad es que cada vez encuentro menos motivos realistas que me inviten a ese optimismo. Mi vida ha cambiado tanto en este último año, que siempre recordaré como infame, que apenas me siento capaz de mostrar algún tipo de alivio o alegría ante los cambios que para bien se van a producir de aquí en una semana.

Puede que en este momento sienta algo cercano a la felicidad por la resolución positiva de estos últimos seis años. Realmente no se si es felicidad ya que está tan impregnada de miedo que apenas me deja disfrutar de alguna sonrisa dibujada en mis labios. Evidentemente esto se acentúa si pienso en mis problemas de salud, en esta guerra que desató sus hostilidades hace ya unos cuatro años y que en este último he empezado a perder de forma estrepitosa, terrible y que no se si tendrá un final en el que me pueda sentir liberado, al fin, de este halo tristeza.

Hace tiempo una amiga me dijo, con cierto grado de razón, que a mí lo que me gustaba era estar triste. Más recientemente la persona que más quiero definió este rasgo de mi caráter como: "Un gusto desmedido por la tragedia". Sin duda las dos acertaron de pleno. Pero he llegado a un punto en mi descendente trayectoria en el que esta pasión por el drama ha perdido todo su significado, cualquier sentido. Estoy cansado de estar triste, de tumbarme en la cama a dormir y despertar por la mañana pidiéndole a ese cielo el que nunca he creído (quizá ese es uno de los problemas) que me ayude, que me envíe alguna señal que me diga que todo esto, toda esta pesadilla no es más que eso, un mal sueño, una mala jugada de mi subsconciente. Pero supongo que, parafraseando un párrafo de diálogo de la película Línea Mortal, es el precio que he de pagar por mi arrogancia, por creerme tan poderoso e intocable que no reparé en la fragilidad intrínseca de mi propio aliento.